“Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.”
Marcos 15:38
La cruz no fue un evento aislado en una colina. Fue el punto de quiebre de la historia. Y para que nadie pensara que la muerte de Jesús era “una ejecución más”, Dios rodeó ese momento con señales: oscuridad en pleno día, temblor de tierra… y un milagro silencioso, pero como si fuese una explosión espiritual en el templo.
“El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.”
Marcos 15:38
Ese velo separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, el “Santo de los Santos”. Detrás estaba el arca del pacto y el lugar donde Dios había manifestado su presencia. Pero por la ley, nadie podía entrar ahí como si nada: solo el sumo sacerdote, y solo una vez al año podía entrar, y solo con sangre (Levítico 16). Ese velo era un mensaje gigante: “No pases.”
El Dios Santo… el pueblo pecador.
La distancia. La barrera. El acceso limitado.
Y entonces, a las tres de la tarde—la hora del sacrificio—Jesús entregó su espíritu… y el cielo respondió rasgando el velo. No de abajo hacia arriba (como si fuera obra humana), sino de arriba hacia abajo: como diciendo “Esto lo hago Yo.” Dios mismo abrió el camino.
Imagínate a los sacerdotes ese día. Estaban sirviendo afuera, haciendo sacrificios, con sangre corriendo, fuego encendido, rutina religiosa. Y de repente: tiembla, se oye un sonido de tela desgarrándose, visualmente era como un golpe: el velo partido, abierto, caído. Un espacio que por siglos había sido “prohibido” quedó expuesto, y abierto a toda la creación.
El mensaje era claro: la muerte de Jesús cambió las reglas del acceso.
No porque Dios bajó su santidad, sino porque Cristo cubrió nuestro pecado.
Hebreos lo explica así: “Cristo entró una vez y para siempre en el Lugar Santísimo… por su propia sangre, y así obtuvo eterna redención.” Hebreos 9:12.
En otras palabras: los sacrificios repetidos terminaron. La deuda quedó pagada. La barrera cayó. El puente quedó puesto.
Ese velo decía “Mantente lejos.”
Ahora, al rasgarse, predica lo contrario: “Acércate.”
Entra. Confiado. Sin miedo. No por tu justicia, sino por la sangre de Jesús.
Y esto es lo que me parte el corazón: el cuerpo de Cristo fue rasgado en el Calvario… y el velo fue rasgado en el templo. Como si el universo estuviera diciendo: “La carne del Hijo se rompió para que el acceso al Padre se abriera.”
La miseria de la crucifixión se volvió el milagro de acceso permanente.
Y aquí viene lo práctico: muchos cristianos viven como si el velo siguiera colgado. Oran con timidez, como si Dios fuera inaccesible. Cargan culpa como si no estuviera pagada. Piensan que Dios está “lejos” y que hay que ganarse su atención.
Pero el velo rasgado grita: no estás afuera.
En Cristo, eres bienvenido.
Cuando Dios te parezca silencioso, recuerda esto: no es que el camino se cerró. El camino está abierto. Tu fe no depende de “sentir” la presencia; depende de una realidad objetiva: Jesús abrió acceso con su sangre.
Y la resurrección lo confirma: el mismo Cristo que abrió el camino vive. No es una puerta antigua; es una puerta viva y abierta para todo el que quiere acercase a la presencia de Dios. Así que, acercate, acerquémonos, aprovechemos la oportunidad.
Preguntas de reflexión:
- ¿Y si el acceso libre y abierto a la presencia de Dios fuera tan sorprendentemente nuevo para nosotros hoy como lo fue para aquellos primeros testigos? ¿Cómo lo trataríamos de manera diferente?
- Cuando Dios parece silencioso y distante, ¿cómo puede tu comprensión de ese velo rasgado fortalecer y consolidar tu fe?
Paso práctico (hoy):
Haz una oración de “entrada” basada en Hebreos 9:12 y Marcos 15:38:
“Padre, vengo a tu presencia por la sangre de Jesús. No por mérito mío. Gracias porque el velo fue rasgado. Aquí estoy.”
Luego quédate 60 segundos en silencio, como quien entra a casa.
Oración:
Padre celestial, qué misericordia es ser bienvenido a tu presencia. Gracias por Jesús, el Cordero perfecto, que se ofreció en nuestro lugar y rasgó toda barrera entre Tú y nosotros. Hoy nos acercamos con confianza, no con miedo. Y cuando nuestro corazón sienta distancia, recuérdanos que el velo ya fue rasgado. Por la cruz tenemos acceso; por la resurrección tenemos esperanza viva. En el nombre de Jesús. Amén.
Devocional en YouTube: https://youtu.be/Q_6KqB3gPYk

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