Viviendo una vida centrada en Cristo

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Salmos 22:1

Nueve de la mañana.

Jesús fue clavado a la cruz. Y en las primeras horas, habló tres veces: pidió perdón por sus verdugos, aseguró al ladrón arrepentido, y cuidó de su madre. Aun sufriendo, su corazón seguía mirando a otros.

Mediodía.

De repente, cuando el sol estaba en lo alto, la tierra se cubrió de oscuridad. No fue una nube común. Fue como si el mundo se apagara. La Biblia nos deja entender que esa oscuridad representaba algo más profundo: juicio. El la “Luz del mundo” entró en una noche que no podemos medir.

Tres de la tarde.

En la misma semana de la Pascua, en el templo se derramaba sangre de corderos. Y a pocos kilómetros, en el Gólgota, el Cordero verdadero estaba muriendo. La agonía llegó a su punto más alto… y entonces Jesús gritó algo que parte el alma:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Mateo 27:46; Salmo 22:1

No hay forma de entender esto superficialmente. Jesús no solo estaba sufriendo físicamente. Sí, los clavos, la asfixia, la sed, la vergüenza… todo era real. Pero la crucifixión, por horrible que sea, fue tristemente “común” en Roma. Miles murieron así. Lo único verdaderamente incomparable aquí es el dolor espiritual: la ruptura en la comunión con el Padre.

Jesús jamás había estado separado del Padre. Nunca.

Nunca había pecado. Nunca había cargado culpa. Nunca había sentido esa distancia. Su refugio siempre había sido el Padre. Hasta ese momento.

Y aquí está la verdad dura del evangelio: el Padre no estaba “mirando para otro lado” pasivamente. La Escritura dice algo que nos cuesta tragar: “Al Señor le agradó quebrantarlo” Isaías 53:10. No “agradó” en el sentido de crueldad, sino en el sentido de cumplir su propósito justo: hacer justicia con el pecado. Como dice Pablo: al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). Y Gálatas afirma que Cristo cargó la maldición que nosotros merecíamos (Gálatas 3:13).

Eso significa que en esas horas, Jesús no estaba solo “sintiendo” abandono: estaba siendo abandonado, porque estaba cargando nuestra culpa. El santo juicio de Dios cayó sobre Él en lugar de caer sobre nosotros.

Aquí es donde el pecado deja de ser “pequeño”. Si el pecado fuera ligero, el precio no sería este. Si el pecado fuera solo “error humano”, no habría oscuridad, ni abandono, ni copa de ira. Pero si el pecado es rebelión contra el Dios vivo, entonces la cruz muestra su gravedad… y también muestra el amor que decidió pagarla.

Y aquí está la esperanza que se esconde dentro del horror:

Si Jesús no hubiera sido desamparado, tú y yo seríamos desamparados para siempre.

Él fue rechazado para que tú seas recibido.

Él cargó la distancia para que tú tengas acceso.

Él entró en tinieblas para que tú vivas en luz.

Esto cambia dos cosas hoy:

  1. Cambia tu actitud frente al pecado: ya no es “algo normal”. Es algo que costó el grito del Hijo.
  2. Cambia tu seguridad con Dios: cuando te arrepientes y confías en Cristo, no te acercas por mérito; te acercas por la sangre. Y esa sangre abrió el camino.

Y aunque hoy estamos en la parte más oscura del camino, no olvides hacia dónde va: la resurrección. El Padre no abandonó al Hijo para siempre. La oscuridad no fue eterna. El domingo viene. Y cuando el Padre levantó a Jesús, declaró al universo que el sacrificio fue aceptado y que la salvación está asegurada.

Preguntas de reflexión:

  • ¿Qué nos revela el abandono de Jesús en la cruz acerca de la naturaleza del pecado y de sus sufrimientos?
  • Si Jesús no hubiera sido abandonado, nosotros estaríamos abandonados para siempre. ¿Cómo debería esto influir en nuestra actitud hacia el pecado y hacia el Salvador?

Paso práctico (hoy):

Toma un minuto en silencio. Di: “Jesús, gracias por tomar mi lugar.”

Luego confiesa un pecado específico que has tratado como “pequeño” y renuncia a él. Y termina con esta frase: “Por tu cruz, yo no estoy desamparado.”

Oración:

Señor Jesús, tus palabras me estremecen. Gracias por aceptar el desamparo que nosotros merecíamos. Gracias por entrar en tinieblas para traernos a la luz. Perdónanos por tomar el pecado a la ligera. Hoy miro la cruz y entiendo: mi salvación costó tu grito. Danos un corazón humilde, arrepentido y agradecido. Y sostén nuestra esperanza: que, así como soportaste la noche, también llegó la resurrección en nuestras vidas. En tu nombre. Amén.

Devocional de YouTube: https://youtu.be/yNyHO11jhU0

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