“Encomienda al Señor tu carga, y él te sustentará.”
Salmos 55:22
Las primeras palabras de Jesús desde la cruz nos muestran algo precioso: su corazón seguía enfocado en otros.
Primero oró: “Padre, perdónalos…”
Luego aseguró al ladrón arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”
Y después, en medio del dolor, miró hacia abajo… y vio a su mamá.
María la madre de nuestro Señor está “de pie junto a la cruz” Juan 19:25. No hay muchas palabras sobre ella. Solo esa imagen: firme, rota por dentro, mirando a su Hijo morir. Y ahí se cumple la profecía de Simeón: “una espada atravesará tu alma” Lucas 2:35. Ese día, esa espada no fue simbólica. Fue real.
Alrededor, los soldados se reparten su ropa, como si fuera un juego. Jesús sufre desnudez, burla, dolor insoportable. Pero en esos pocos minutos que le quedan para hablar, Jesús hace algo que muchos pasarían por alto: se ocupa del futuro de su madre.
Juan lo describe así: “Cuando Jesús vio a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo.’ Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre.’ Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” Juan 19:26–27.
Esto es impresionante por dos razones.
Primero: Jesús demuestra que su salvación no es fría ni “solo espiritual”.
Claro que la cruz es principalmente el lugar donde Él carga el pecado y abre el camino al Padre. Pero sus palabras a María nos recuerdan: Que Jesús también redime lo quebrado y lo vulnerable de la vida diaria. Él se preocupa por lo práctico: quién nos cuidará, cómo saldremos adelante, qué pasará con tus necesidades cuando perdemos una fuente de apoyo.
Segundo: Jesús muestra que su amor piensa en el “después”.
Si José ya había muerto (como muchos creen), Jesús como hijo mayor cargaba una gran responsabilidad por su madre. Y ahora, mientras está muriendo, asegura que María no se quede sola. No la deja en el aire. La encomienda a Juan, un discípulo que comparte su fe, su amor por Cristo, su compromiso. Jesús se encarga de la provisión de su madre.
Y aquí es donde esto se vuelve para nosotros: Jesús había dicho a sus discípulos: “No los dejaré desamparados” Juan 14:18. Y en la cruz lo demuestra. A su madre… y a ti y a mí.
Quizá tú has pasado temporadas donde te sientes “cortado” de provisión: un cambió de trabajo, una relación rota, la llegada de una enfermedad, se fue alguien que era un soporte, migraste, o simplemente estás cansado de cargar todo solo. La cruz te dice: Jesús no te olvida. El Salvador que está resolviendo lo eterno también cuida lo cotidiano. Su amor tiene “cobertura completa”.
Por eso el Salmo 55:22 no es poesía bonita; es una invitación real: “Encomienda al Señor tu carga, y él te sustentará.”
El mismo Jesús que sostuvo a María desde la cruz puede sostenerte a ti en esta etapa. A veces lo hará con una provisión directa. A veces lo hará por medio de personas que Él pone cerca: hermanos, familia espiritual, amigos fieles, la iglesia. Pero el punto es este: no estás huérfano.
Si Jesús se tomó el tiempo de cuidar a su madre en medio de su propio sufrimiento, entonces el evangelio nos anima a cuidar a los que Dios nos ha confiado. La fe se vuelve más creíble cuando se ve en la práctica y el amor cuando servimos a otros.
Preguntas de reflexión:
- ¿En qué áreas o etapas de tu vida te has sentido, en ocasiones, apartado del cuidado y la atención de Cristo? ¿De qué manera la devoción de Jesús hacia su madre reconforta y brinda consuelo a tu corazón?
- ¿Cómo el atender las necesidades prácticas de los familiares que Él ha confiado a tu cuidado glorifica a Dios y hace que el Evangelio resulte creíble?
Paso práctico (hoy):
- Nombra tu “carga” principal en una frase (finanzas, salud, familia, soledad, futuro).
- Díselo al Señor: “Señor, te encomiendo esto. Susténtame.”
- Y haz una acción de cuidado: llama a alguien vulnerable, ofrece ayuda concreta, o pide apoyo si tú lo necesitas.
Oración:
Jesús, tu cuidado tierno me asombra. Gracias porque desde la cruz no solo pensaste en mi perdón, sino también en nuestras necesidades reales. Gracias porque no nos dejas desamparados. Hoy te encomiendo mi carga y confío en que tú me sustentarás. Y ayúdame a no descuidar a quienes me has confiado: que mi cuidado sea un reflejo del evangelio. Al pie de tu cruz aprendo amor, y con tu resurrección camino con esperanza. Amén.
Devocional en YouTube: https://youtu.be/2O2ymDcFKi8

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