“Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre.”
1 Timoteo 2:5
A veces la manera en que imaginamos a Jesús lo vuelve irreal, como si él fue un bebé que “no lloro”, un niño siempre sereno, un adulto con mirada mística y distante. Pero la Biblia nos lleva nuevamente a la verdad que es sencilla y poderosa: Jesús fue verdaderamente humano. No “pareció” humano. No vino con un disfraz. Se hizo hombre.
Si Jesús nació como cualquier bebé, entonces sí: lloró. Respiró. Se despertó en la noche. Necesitó ser cargado. Creció. Aprendió. Caminó con pasos reales, no flotando. Comió pan de verdad. Se cansó. Tuvo sed. Tuvo sueño. Su piel se lastimó. Su sangre fue sangre, no era de otro color que no fuese roja.
Y aquí está lo tremendo: Dios decidió experimentar nuestra condición humana viniendo a este mundo. No porque le faltara algo.
Sino porque a nosotros nos faltaba todo.
Esto importa mucho, nuevamente porque la salvación no es solo “Dios perdonando desde lejos”. La salvación es Dios acercándose tanto que se vuelve nuestro Mediador. Pablo lo llama así: “Jesucristo hombre.” Ese título es medicina para nuestra vergüenza. Para nuestras limitaciones. Para nuestra fragilidad. Para nuestra vida “de carne y hueso”.
Y su llegada a este mundo no fue solo físico. Jesús también tuvo un alma humana: emociones reales. La Biblia lo muestra con una gama completa:
- Se maravilló (Mateo 8:10).
- Tuvo compasión por los agotados (Mateo 9:36).
- Se alegró por la fe que crecía (Juan 11:15).
- Se turbó por dentro (Juan 13:21).
- Oró con “clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7).
- Y frente a una tumba, lloró (Juan 11:35).
Eso rompe dos mentiras comunes:
- La Primera: “Sentir es debilidad.” Jesús sintió, y fue santo.
- La Segunda: “Mi cuerpo estorba mi espiritualidad.” Jesús tuvo cuerpo, y fue perfecto.
De hecho, hay un detalle que debería levantarnos la cabeza: Jesús resucitó con cuerpo. Cuando se apareció, dijo: “Miren mis manos y mis pies… tóquenme” (Lucas 24:39). Esto nos muestra que el cuerpo importa. La humanidad importa. Dios no desprecia tu humanidad; Jesús la asumió. Y la resurrección confirma que Dios no abandona el cuerpo; lo redime, lo restaura.
Entonces, ¿qué significa esto “al pie de la cruz”?
Significa que el que fue clavado no era un símbolo. Era un hombre real. El dolor fue real. La sangre fue real. La asfixia fue real. La humillación fue real, pero lo más importante es que su amor fue real. Jesús no se escapó. No sacó una “tarjeta de exención divina” para evitar el sufrimiento. Filipenses lo dice con precisión: aunque existía en forma de Dios, no se aferró a sus privilegios; se despojó, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Filipenses 2:6–7).
¿Por qué hizo esto? Porque para salvarnos, a nosotros los humanos, Él debía ser humano. Para cargar nuestro pecado. Para obedecer donde Adán falló, debía caminar nuestra tierra. Para morir nuestra muerte, debía entrar en nuestra mortalidad. Y por eso 1 Timoteo 2:5 es tan fuerte: nuestro Mediador no es solo Dios; es “Jesucristo hombre.” Él representa a Dios ante nosotros… y nos representa a nosotros ante Dios.
Esto te da esperanza hoy si estás luchando con tu humanidad: cansancio, heridas, inseguridades, emociones intensas, vergüenza, lágrimas que no quieres mostrar. Jesús no te mira con desprecio. Jesús te mira con comprensión y con su poder que salva. Él sabe lo que es tener piel. Y sabe lo que es vivir en un mundo quebrado.
Y también te da dirección: si Jesús se humilló así, ¿con qué derecho yo vivo exigente, orgulloso, sensible a “mis derechos”? El camino de Cristo es el camino de la humildad. La cruz nos enseña a soltar el orgullo. Y la resurrección nos asegura que la humildad nunca es una pérdida: es el camino del Reino.
Preguntas de reflexión:
- ¿Cómo influye la humanidad de Jesús en tu perspectiva sobre tu propia humanidad?
- ¿Qué ves en Jesús que te ayuda a comprender mejor para qué nos creó Dios como seres humanos?
Paso práctico (hoy):
Elige una parte de tu humanidad que hoy te pesa (tu cuerpo, tu cansancio, tus lágrimas, tu ansiedad, tu limitación) y preséntala a Jesús así:
“Señor, tú caminaste en este mundo. Te entregamos sin vergüenza. Enseñanos a vivir nuesra humanidad con santidad y humildad.”
Luego haz una acción concreta: descansa 20 minutos sin culpa, o pide ayuda, o habla con alguien con honestidad en vez de encerrarte.
Oración:
Señor Jesús, gracias por hacerte como nosotros. Gracias por no quedarte lejos, sino por entrar en nuestra carne, nuestras lágrimas y nuestro cansancio. Gracias por la cruz, donde sufriste de verdad por nuestro pecado, y gracias por la resurrección, donde afirmas que nuestra humanidad no está destinada a la ruina sino a la redención. Cuando nos sintamos irrespetados o heridos, danos tu humildad. Cuando nos sintamos débiles, recuérdanos que Tú entiendes. Y que en Ti hay gracia suficiente para vivir como Dios diseñó que vivieramos. Amén.

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