“Porque toda la plenitud de la Deidad habita corporalmente en Cristo.”
Colosenses 2:9
Hay una versión “cómoda” de Jesús que mucha gente acepta sin problema: Jesús como buen maestro, ejemplo moral, líder inspirador, figura histórica. Ese Jesús se puede admirar a distancia. Se puede citar. Se puede poner en una frase bonita. La verdad es que se puede “controlar”.
Pero el evangelio no nos deja quedarnos con un Jesús manejable. La Escritura pone una afirmación que cambia todo: en Jesús habita toda la plenitud de Dios. No parte. No es solo un “toque divino”. No un profeta elevado. Es Dios mismo en carne.
Y cuando Jesús es Dios, lo que creemos de Él deja de ser un asunto cultural o emocional. Se vuelve eterno, valioso e importante.
A veces circulan ideas que dicen: “la iglesia inventó la divinidad de Jesús siglos después.” Suena inteligente… pero no cuadra con la Biblia, ni con la historia cristiana. Mucho antes de concilios, ya estaba escrito que el Mesías sería Emanuel: Dios con nosotros (Isaías 7:14; Mateo 1:23). Y el niño prometido no solo sería rey; llevaría nombres que solo pertenecen a Dios: “Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6).
Y si alguien dice: “Bueno, eso son profecías,” entonces escucha a Jesús mismo:
- “Yo y el Padre somos uno.” Juan 10:30
- “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Juan 14:9
Los apóstoles no estaban haciendo poesía. Estaban dando testimonio: Jesús es “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15) y Dios quiso que “toda su plenitud” habitara en Él (Colosenses 1:19). Por eso Colosenses 2:9 lo remata: toda la plenitud de la Deidad habita corporalmente en Cristo.
Ahora, ¿por qué importa tanto en este camino hacia la cruz?
Porque si Jesús no es Dios, la cruz se convierte en una tragedia inspiradora. Un mártir más. Un ejemplo de amor. Una historia bonita. Pero si Jesús es Dios, la cruz es algo infinitamente mayor: es Dios mismo cargando nuestro pecado. No estamos hablando de un ser humano tratando de salvar al mundo. Estamos hablando del Creador entrando en la culpa de su creación para rescatarla.
Solo Dios puede salvar así. Solo Dios puede ofrecer una justicia perfecta. Solo Dios puede vencer la muerte.
Por eso hay tres implicaciones que nos sostienen hoy:
- Si Jesús es Dios, entonces podemos conocer a Dios de verdad.
- Dios no nos dejó adivinando cómo es. Jesús es “el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia” Hebreos 1:3. ¿Quieres saber cómo es el Padre? Mira a Jesús: su compasión, su verdad, su pureza, su paciencia, su firmeza, su entrega. Dios tiene el rostro de Cristo.
- Si Jesús es Dios, entonces Él es el único camino real al Padre.
- No porque los cristianos lo inventaron, sino porque el pecado no se arregla con esfuerzo humano. Necesitamos una justicia que venga de afuera, de alguien santo como Dios. Por eso “no hay salvación en ningún otro” Hechos 4:12. No es propaganda religiosa: es evaluación espiritual y medicina divina.
- Si Jesús es Dios, entonces Él merece tu adoración total.
- Un buen maestro puede inspirarte. Dios merece tu vida. Un ejemplo moral puede motivarte. Dios merece tu obediencia. Si Jesús es Dios, entonces no lo podemos “agregar” a la vida como si fuera un accesorio espiritual. Jesús no compite por un lugar; Jesús reclama el trono de nuestro corazón.
Y aquí es donde esto se vuelve práctico: cuando exageramos la humanidad de Jesús y minimizamos su divinidad, terminamos con un Cristo “agradable”, pero sin poder. Un Cristo que acompaña, pero que no transforma. Un Cristo que aconseja, pero que no salva. Un Cristo que inspira, pero que no resucita.
Pero el verdadero Jesús — Es Dios en carne— sí salva, sí perdona, sí rompe cadenas, sí vence la muerte. La cruz es suficiente porque quien murió allí era el Dios Santo de Israel. Y la resurrección es segura porque quien se levantó es el Autor de la vida.
Así que hoy el llamado es claro: no reduzcas a Jesús. No lo domestiquemos. No lo dejemos en un vitral. Arrodillémonos ante Él. Confiemos en Él. Obedezcámoslo. Y dejemos que derribe ídolos, porque cuando Dios ocupa el centro, todo lo demás encuentra su lugar.
Preguntas de reflexión:
- Aunque Jesús ciertamente se hizo humano, ¿qué podemos perder al sobre enfatizar su humanidad en comparación con su divinidad?
- ¿Qué impacto tiene en tu relación con Jesús saber que Él es plenamente Dios?
Paso práctico (hoy):
Haz un “inventario de tronos”: ¿qué cosa está tomando el lugar de Jesús en tu corazón ahora mismo? (aprobación, control, dinero, comodidad, ministerio, relación, imagen, miedo). Nómbralo y di: “Jesús, Tú eres Dios. Bajo este ídolo de mi trono. Tú reinas.”
Oración:
Señor Jesús, mi gran Dios y Salvador, hoy me inclino ante Ti. Perdóname por tratarte como si tu fueras solo un maestro o un recurso para mis necesidades. Tú eres Dios en carne: digno de mi adoración, mi confianza y mi obediencia. Derriba todo ídolo en mi corazón. Llévame a mirar la cruz con asombro —porque allí tu moriste por mi — y a esperar la resurrección con seguridad —porque Tú vives y reinas para siempre. Amén.
Devocional en YouTube: https://youtu.be/9ksRCdeNuYU

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