“Porque así nos conviene cumplir toda justicia.”
Mateo 3:15
Hay bautismos que te dejan impactado. Ver a alguien salir del agua con esa mezcla de alegria, esperanza y decisión… es como presenciar un mini–amanecer del Reino. Pablo lo dice así: somos sepultados con Cristo en el bautismo y levantados para “andar en vida nueva” (Romanos 6:4). Cada bautismo es una pequeña predica, como lo que la Pascua grita a voces: “muerte y resurrección”.
Pero hay un bautismo que no se parece a ningún otro: el bautismo de Jesús.
Y lo primero que sorprende es que: Jesús no tenía pecados que confesar. No tenía de qué arrepentirse. No necesitaba ser limpiado. Entonces, ¿por qué se mete al agua? La respuesta de Jesús es breve y profunda: “Así nos conviene cumplir toda justicia.” No fue un gesto simbólico vacío. Fue obediencia perfecta. Fue identificación total. Fue Jesús diciendo: “Voy a ponerme en el lugar del pecador para rescatar al pecador”.
Isaías lo había profetizado: el Siervo sería “contado con los transgresores” (Isaías 53:12). Eso somos nosotros. En el Jordán, Jesús empieza a cargar nuestra historia. Se alinea con los que necesitan limpieza, no como si Él también la necesitara sino para darnos un camino a seguir, para que un día nosotros podamos ser tratados como si tuviéramos su justicia. En otras palabras: Jesús entra al agua como inocente… para que tú y yo podamos salir declarados justo.
Y hay un detalle que muchos pasan por alto: Jesús fue bautizado alrededor de los treinta años. En el Antiguo Testamento, treinta era la edad en la que los sacerdotes entraban oficialmente al servicio (Leelo en Números 4:3). Antes de comenzar su servicio, había un rito: debía lavarse con agua y unción. Los vemos cuando Moisés lavó a Aarón y a sus hijos (Levítico 8:6), y al sumo sacerdote lo ungió con aceite (v. 12). No era solo “mojarse”; era ser consagrado y apartado para una misión santa.
Jesús, el verdadero Sumo Sacerdote, aparece en el Jordán cumpliendo todo: consagración, humildad, obediencia. Y entonces ocurre lo incomparable: “se abrieron los cielos.” El Espíritu desciende como paloma. Y la voz del Padre se oye: “«Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo»” (Marcos 1:11). Ese día, el Padre no solo afirmó a su Hijo; lo envió. Ese bautismo fue la rampa de lanzamiento hacia el ministerio que terminaría en la cruz.
Ahora, piensa en lo que significa que los “cielos se abrieran”.
Recordemos que, desde el Edén, el pecado cerró puertas. Adán y Eva fueron expulsados; el acceso a la presencia de Dios quedó restringido. Y desde entonces, la humanidad vive intentando “abrir el cielo” por su cuenta: con la religión, esfuerzo, méritos, rituales… como si pudiéramos escalar hasta Dios con nuestras propias fuerzas. Pero el evangelio declara algo radical: no somos nosotros los que abrimos el cielo; es Jesús quien lo ha abierto para nosotros.
En el Jordán, los cielos se abren como una señal profética: viene un ministerio que abrirá acceso real y verdadero al Padre. Y en la cruz, esa señal se vuelve una realidad: el velo del templo se rasga (Marcos 15:38). La barrera cae. El camino queda abierto. Lo que nuestro esfuerzo nunca pudo lograr, su justicia sí lo logra.
Por eso Esteban, al morir, pudo decir: “Veo los cielos abiertos” (Hechos 7:56). Por eso Juan vio “una puerta abierta en el cielo” (Apocalipsis 4:1–2). Y por eso tú y yo no estamos condenados a vivir mirando solo un mundo caído y una eternidad cerrada. En Cristo, el cielo está abierto.
Y aquí viene lo más hermoso: la voz del Padre sobre Jesús también anuncia lo que Jesús hará por ti. Porque por unión con Cristo, el Padre te adopta y te da su Espíritu. No por tu justicia, sino por la de Jesús. En Él, Dios no solo te tolera; te recibe. En Cristo, tú eres “amado”. Y eso cambia nuestra adoración, cambia tu identidad, cambia nuestra esperanza.
Así que hoy, cuando pienses en el bautismo, no lo reduzcas a un evento del pasado. Es un mensaje de Pascua: Jesús entró al agua rumbo al madero… para que tú y yo pudieramos tener acceso al Padre y caminar en una vida nueva. Y esa vida nueva está anclada en la resurrección.
Paso práctico (hoy):
Si ya fuiste bautizado como discípulo de Jesús, recuerda tu bautismo por un minuto y di en voz baja: “Gracias, Jesús, porque mi acceso al Padre está abierto por tu justicia.”
Si no has sido bautizado, haz esta oración honesta: “Señor, quiero seguirte de verdad y obedecerte. Muéstreme el próximo paso.” Y busca hablar con un hermano o hermana esta semana para que te ayuden a abrir esa puerta del cielo a través del bautismo.
Preguntas de reflexión:
- ¿Te has bautizado como discípulo de Jesús? Si es así, ¿cómo aporta tu bautismo a tener una nueva perspectiva y significado en tu vida?
- ¿Cómo serían tu vida y tu perspectiva hoy si el cielo permaneciera cerrado, si Cristo no te hubiera dado acceso al Padre?
Oración:
Padre santo, me conmueve ver a Jesús cumplir toda justicia desde el principio. Gracias porque Él se identificó con pecadores para abrirnos el camino a tu presencia. Hoy vengo a ti por su justicia, no por la mía. Recuérdame que los cielos están abiertos en Cristo, que tu Espíritu está conmigo, y que en Él soy amado. Llévame con gratitud hacia la cruz y con esperanza hacia la resurrección. En el nombre de Jesús. Amén.

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