“Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.”
Salmo 40:8
No sé si te ha pasado que a veces uno mira a Jesús como si fuera algo distante, casi fuera de la vida real, como alguien en un pedestal. Lo vemos en escenas rápidas del evangelio: un milagro aquí, una enseñanza allá, la cruz al final. Pero cuando lo miramos de cerca, descubrimos algo que me aterriza y creo que nos consuela: Jesús vivió días normales. Mañanas, tardes, noches. Rutina. Cansancio. Conversaciones. Caminatas largas. Y vivió todo eso… soltero.
Eso no es un detalle pequeño. Es parte de su humanidad real.
Jesús tuvo amigos, sí. Amó a los niños, sí. Participó en bodas y cenas, sí. Pero no tuvo esposa. No tuvo hijos propios en casa. Y aunque sabemos esto desde siempre, casi nunca nos detenemos a considerar lo que implica: como hombre, Jesús también tuvo anhelos. Deseos legítimos. Sueños que podrían haberle atraído. La clase de vida familiar que tantos desean.
Hebreos dice algo que puede sonar atrevido: Jesús fue “tentado en todo según nuestra semejanza” Hebreos 4:15. Aclaremos esta Escritura, ya que eso no significa que Jesús tuviera deseos pecaminosos como los nuestros, porque en Él no había pecado. Significa que conoció la presión de la fragilidad humana: hambre, sed, cansancio, dolor… y también las tensiones de vivir con deseos no cumplidos cuando el Padre Celestial te llama a otro camino.
Y aquí entra el punto del día: Jesús nunca permitió que un deseo aunque fuese legítimo se convirtiera en un ídolo.
Nunca convirtió un anhelo en una demanda.
Nunca usó el “me falta” como excusa para desobedecer.
Nunca negoció su santidad para calmar una soledad.
¿Entonces qué hizo Jesús con esos anhelos?
No los negó como si no existieran. No los reprimió con frialdad.
Los entregó al Padre. Confió en la compañía del Padre. Encontró satisfacción en la voluntad del Padre. El Salmo lo describe proféticamente: “Me deleito en hacer tu voluntad.” No porque fuera fácil, sino porque Jesús sabía algo que nosotros olvidamos: la voluntad del Padre no es una cárcel; es el camino de la vida.
Esto toca a muchos hoy. Porque el “vacío” no le pertenece solo a los solteros. Puedes ser soltero y sentirlo. Viudo y sentirlo. Y sí, también casado y sentirlo, porque ni el mejor cónyuge puede llenar el corazón humano. A veces lo que duele no es solo “estar solo”; es sentir: “nadie me entiende, nadie carga esto conmigo, nadie ve lo que llevo por dentro.”
Y aquí viene el consuelo: Jesús entiende. No de manera teórica. Sino desde la experiencia. Hebreos 12:3 dice “Consideren a Jesús… para que no se cansen ni se rindan”. Considera cómo vivió su vida soltera: con el corazón entero para el Padre, con la mirada fija en el gozo que estaba delante como dice Hebreos 12:2. Esa Escritura es clave, porque nos conecta con la cruz: Jesús no solo aceptó sacrificios “emocionales”; aceptó el sacrificio mayor. Renunció a lo que muchos disfrutan en esta vida porque tenía una misión salvadora. Y esa misión lo llevó al madero.
Pero su renuncia no fue una pérdida sin fruto. Fue amor. Fue obediencia. Fue un rescate.
La cruz nos enseña que el amor verdadero sabe decir: “Padre, no mi voluntad, sino la tuya.” Y la resurrección nos asegura que nada entregado a Dios queda sin respuesta final. Lo que hoy parece que falta, en Cristo se transforma en esperanza: Salmo 16:11 dice “en su presencia hay plenitud de gozo… y delicias a su diestra para siempre”. Jesús confió en eso. Y tú y yo también podemos confiar.
Así que hoy el llamado no es: “no sientas.” El llamado es: no idolatres lo que sientes. Lleva tu anhelo y sueños al Padre. Y deja que Jesús sea suficiente mientras esperas el plan de Dios en tu vida. Porque al final, la mayor necesidad de tu corazón no es un escenario distinto; es una Persona: Cristo.
Paso práctico (hoy): Nombra delante de Dios un anhelo no cumplido (compañía, familia, salud, estabilidad, reconocimiento, descanso). Escríbelo en una frase: “Padre, hoy siento falta de _______.” Luego entrégalo así: “Pero me deleito en tu voluntad. Lléname con tu presencia.” Y busca un acto pequeño de amor: llama a alguien, sirve a alguien, ora por alguien. A veces Dios llena el corazón mientras lo usamos para bendecir a otros.
Preguntas de reflexión:
- ¿En qué área de tu vida sientes una sensación de pérdida o anhelo insatisfecho?
- ¿Cómo puede el pensar en Jesús brindarte esperanza y gracia para satisfacer las necesidades más profundas de tu corazón?
Oración: Padre, gracias porque Jesús entiende mis anhelos y mis vacíos. Gracias porque Él vivió plenamente humano, y aun así vivió plenamente rendido a tu voluntad. Hoy te entrego lo que me falta, lo que me duele, lo que deseo. No quiero convertir mis anhelos en ídolos. Enséñame a deleitarme en tu voluntad como Jesús, a mirar la cruz como prueba de tu amor, y a caminar con esperanza hacia la resurrección, donde tu gozo será completo. Llena mi corazón con tu presencia y úsame para ministrar gracia a otros que también se sienten vacíos. En el nombre de Jesús. Amén.
Devocional en YouTube: https://youtu.be/WCte9U5B5f8

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