Viviendo una vida centrada en Cristo

“¿No es este el carpintero, el hijo de María?”

Marcos 6:3

Dieciocho años es mucho tiempo. Si lo piensas, es casi desconcertante: Jesús vivió treinta años en la tierra antes de comenzar el ministerio público que ocupa la mayor parte de los evangelios. Treinta años… y solo tres de “milagros” visibles. Entre su niñez y su predicación hubo una larga franja de silencio, de rutina, de trabajo con las manos.

Y eso no fue un desperdicio.

Porque Dios no desperdicia nada. Y porque el trabajo no es pérdida de tiempo cuando se ofrece a Dios como una ofrenda.

Jesús no estuvo “en pausa” esperando que empezara lo importante. Durante la mayor parte de su vida lo conocieron por un título sencillo, incluso despreciado: “el carpintero.” No “el gran maestro”, no “el profeta famoso”, no “el líder reconocido”. El carpintero. El hombre del taller. El que suda. El que se ensucia. El que llega cansado al final del día. El que construye puertas, mesas, vigas… y probablemente arregla lo que otros rompieron.

Y aquí hay una lección que nos rescata del desprecio a lo cotidiano: Jesús glorificó al Padre en lo ordinario.

Tal vez tú hoy estás en una temporada que se siente “poco espiritual”: trabajo de oficina, turnos largos, llamadas, números, servir mesas, manejar, limpiar, cuidar niños, lavar ropa, repetir lo mismo una y otra vez. Y por dentro te preguntas: “¿Esto cuenta? ¿Esto importa? ¿Esto es parte del plan de Dios?”

Mira a Jesús dieciocho años en un taller… y escucha la respuesta: sí.

La Biblia muestra que el trabajo no nació como maldición. Antes del pecado, Dios puso a Adán en el huerto “para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15). El trabajo era parte del diseño bueno. El problema es que después de la caída, el trabajo quedó mezclado con espinas: cansancio, frustración, monotonía, “sudor de la frente” (Génesis 3:17–19). Y Jesús, al hacerse hombre, no evitó esa parte de nuestra humanidad. La abrazó. La cargó.

Esto conecta directo con la cruz: Jesús no solo cargó el pecado en el Calvario; cargó el peso de vivir en un mundo quebrado mucho antes de llegar allí. Su vida entera fue una ofrenda de obediencia. Él santificó la rutina. Santificó el esfuerzo. Santificó el “nadie me aplaude”. Santificó el anonimato. Y así preparó su corazón para el acto supremo: obedecer al Padre hasta la muerte.

“Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo también trabajo” (Juan 5:17). Para Jesús, todo era una sola pieza de fidelidad: el banco de carpintería y el púlpito al aire libre, el martillo y la proclamación del Reino. Todo era “negocio del Padre”.

Nuestra cultura mide el valor por visibilidad, salario, influencia. Jesús mide el valor por fidelidad, diligencia, humildad y amor. Y por eso Colosenses nos da palabras que son medicina para el alma trabajadora:

“Todo lo que hagan… háganlo en el nombre del Señor Jesús” (Col. 3:17).

“Háganlo de corazón, como para el Señor” (Col. 3:23).

“Sirviendo al Señor Cristo” (Col. 3:24).

El carpintero de Nazaret te está diciendo hoy: tu trabajo cuenta cuando lo ofreces a Dios. No por la tarea en sí, sino por la adoración que llevas dentro mientras la haces. Tu rutina puede ser un altar. Tu cansancio puede ser una ofrenda. Tu perseverancia puede ser un poderoso testimonio.

Y hay otra parte preciosa: si Jesús conoció el cansancio del trabajo, entonces Él entiende tu cansancio. No te mira desde una nube. Te mira desde la experiencia. Y eso nos da esperanza cuando el trabajo se siente como espinas: el Cristo que trabajó con manos humanas también fue clavado con manos humanas… y esas manos resucitaron. La resurrección nos promete que nada que se hace en el Señor es en vano, ni siquiera lo que parece invisible. El Reino viene también a través de la fidelidad diaria.

Paso práctico (hoy):

Elige una tarea “pequeña” que harás hoy (algo rutinario, repetido, poco reconocido) y conviértela en oración mientras la haces. Di: “Señor Jesús, lo hago contigo y para ti.” Luego, al terminar, agradece en voz alta: “Gracias por darme trabajo para servir y amar.”

Preguntas de reflexión:

  • ¿Qué tipo de trabajo te resulta difícil realizar con fidelidad y alegría?
  • ¿Cómo influye la reflexión sobre la vida laboral de Jesús en tu perspectiva sobre las tareas cotidianas, rutinarias o desconocidas que requiere tu trabajo?

Oración:

Padre, gracias por Jesús, el carpintero. Gracias porque Él no despreciò lo ordinario, sino que lo llenó de obediencia y amor. Hoy te entrego mi trabajo, aun lo cansado, lo repetitivo y lo poco visto. Cuando sienta espinas —frustración, fatiga, desánimo— recuérdame que Jesús entiende, y que en Él mi esfuerzo no es en vano. Enséñame a trabajar para tu gloria, mirando hacia la cruz y caminando con la esperanza de la resurrección. En el nombre de Jesús. Amén.

Devocional por YouTube: https://youtu.be/ePFdLu_9dfM

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