“El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.” Lucas 2:40
Hay algunos de nosotros que quisiéramos que Jesús “saltara algunas etapas de la vida”. Como si lo normal fuera demasiado humano para Dios. Por eso, desde muy temprano, la gente inventó historias sobre la niñez de Jesús: que hacía pajaritos de barro que volaban, que hacía milagros para impresionar, que corregía a sus maestros con superioridad. Suena fascinante… pero no es verdad.
La Biblia, curiosamente, casi no nos cuenta nada de su infancia. Y tal vez ese silencio es una enseñanza en sí misma: la niñez de Jesús fue una niñez real. Había rutina. Había lentitud. Los días se repetían y su crecimiento era gradual, sin un gran espectáculo.
Y eso es sumamente importante.
Porque si un ser humano hubiera escrito la historia de “Dios viniendo a la tierra”, jamás habría incluido un detalle tan común como un niño aprendiendo a crecer. Los “dioses” de los mitos aparecen adultos, fuertes, autosuficientes, invulnerables. Pero Jesús no vino como un dios de fantasía. Vino como el único Dios verdadero… y por eso se identificó con nosotros hasta los más profundo: no solo se hizo hombre; se hizo niño.
Jesús no brincó de los 3 a los 10 años. No evitó las temporadas incómodas. No “se saltó” lo que a veces nosotros quisiéramos saltarnos. Creció como crecemos nosotros: paso a paso, día tras día, aprendiendo, formando su carácter, enfrentando límites, madurando en relaciones, desarrollándose en lo físico, lo emocional, lo social, lo intelectual… en todo, como tú, como yo, como nuestros hijos, como todo el mundo.
Esto no es un detalle sentimental o menos importante. Esto es parte del rescate, es parte del plan de Dios para cada uno de nosotros.
Porque si Jesús vino a salvarnos, necesitaba entrar en nuestra historia completa. No solo en nuestros pecados, sino en nuestra humanidad cotidiana. En nuestra vulnerabilidad. En nuestras etapas. En nuestro proceso. Y por eso su infancia fue el taller donde el Padre preparó al Hijo, en carne humana, para su misión.
Lucas nos da algunas claves: Jesús creció en un hogar fiel a sus creencias, donde la fe no era teoría sino práctica. Sus padres vivían “conforme a la ley del Señor” y eran fieles en la adoración Lucas 2:39, 41–42. ¿Qué mejor ambiente para que el Jesús encarnado aprendiera, como todo niño aprende, a amar la Palabra y a reverenciar al Padre?
Y aun así, su infancia no fue cómoda. Jesús conoció lo que es ser malentendido. María quedó embarazada bajo circunstancias difíciles de explicar, así que Jesús seguramente creció con miradas, susurros, sospechas. Nació lejos de casa por un decreto político. Antes de los dos años, su vida estuvo en peligro y tuvo que huir con su familia. Y luego volvió a Nazaret, un lugar del que nadie esperaba gran cosa: “Como dijo Natanael en Juan 1:46 ¿De Nazaret puede salir algo bueno?”.
Dios no solo estaba escribiendo una biografía; estaba formando un Salvador. En esa infancia, Jesús aprendió a vivir con desaprobación, con incertidumbre, con limitaciones… habilidades que después necesitaría cuando lo rechazaran, lo acusaran y lo llevaran a la cruz.
Y hay un detalle más: Jesús creció pobre. La ofrenda de dos aves (Lucas 2:24) revela que no tenían recursos para llevar algo más costoso (Levítico 12:8). Eso también es parte del evangelio: el que era rico se hizo pobre por amor, para enriquecernos con su gracia (2 Corintios 8:9). Jesús no eligió una infancia privilegiada: eligió una infancia que se parece a la de tantos, para que nadie sienta que “Jesús no entendería mi vida”.
Pero el centro del texto está aquí: “la gracia de Dios estaba sobre él.” Jesús, en su humanidad real, creció dependiendo del favor del Padre. No usó su poder para lucirse. No vivió en modo “superhéroe”. Se apoyó en la gracia, como nosotros necesitamos apoyarnos. Eso es profundamente consolador: Jesús no vino solo a mostrarnos el camino; vino a caminarlo.
Y La cruz de Jesús no fue solo física sino que fue algo que fue parte de si vida constantemente, una obediencia diaria, humilde, silenciosa, sostenida por la gracia… hasta el día en que esa obediencia lo llevó al madero. La Pascua no empieza en el Calvario. Empieza en Nazaret, en lo escondido, en la fidelidad sin aplausos.
Tal vez hoy tú también estás en una temporada así: crecimiento lento, rutina, responsabilidad, cansancio, proceso. Y Jesús te dice: yo estuve ahí. Y si el Padre sostuvo al Hijo con su gracia en cada etapa, también puede sostenerte a ti. No eres autosuficiente. No tienes que serlo. La gracia de Dios es suficiente para nuestra etapa actual.
Paso práctico (hoy):
Identifica en qué “etapa” estás ahora mismo (transición, cansancio, aprendizaje, crianza, soledad, decisiones). Luego haz esta oración breve y concreta: “Padre, hoy dependo de tu gracia en esta etapa. Enséñame a crecer sin prisa, contigo.” Y da un paso pequeño: una conversación honesta, un acto de obediencia sencillo, o 10 minutos de quietud con el Evangelio de Lucas.
Preguntas de reflexión:
- ¿Qué diferencia hace que Jesús pasara por todas las etapas de un desarrollo infantil normal?
- ¿Qué significa para ti depender de la gracia y el favor de Dios en tu vida? ¿Cómo has experimentado esa gracia?
Oración: Padre, gracias por enviar a Jesús como bebé, niño y joven. Gracias porque no evitó nuestras etapas, sino que las vivió con humildad. Gracias porque tu gracia estaba sobre Él, y esa misma gracia está disponible para mí hoy. Perdoname por querer saltarme procesos o por sentir vergüenza de mi debilidad. Enseñame a crecer contigo, paso a paso, hasta que mi vida refleje a Cristo. En el nombre de Jesús. Amén.
Devocional en YouTube: https://youtu.be/Y_-nUUq6NZQ

Deja un comentario