“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” Juan 1:14
Vivimos rodeados de cosas que nos “asombran” por un momento: que no se nos olvidó nada del supermercado y compramos bien, una remontada en un juego decisivo, un paquete que llegó antes de tiempo. Pero hay un asombro que debería dejarnos sin palabras… y, sin embargo, a veces ya no nos mueve tanto porque lo hemos oído demasiadas veces: Dios se hizo hombre.
Juan lo dice con una frase sencilla y poderosa: “El Verbo se hizo carne.” El Hijo eterno de Dios, el que estaba con el Padre desde antes del tiempo, entró en un vientre, nació como bebé, aprendió a caminar, a leer, a trabajar, y a vivir, como tú y como yo. El que creó los océanos sintió sed. El que acomodó las estrellas se acostó una noche bajo ellas. El Todopoderoso aceptó depender de los brazos de una madre y un padre. ¿Cómo no quedarnos impactados hacia algo así?
El apóstol Juan añade algo que en español suena “light”, pero en el idioma original es más gráfico: “habitó” literalmente “puso su tienda” con nosotros. Jesús no vino a visitarnos de lejos. No vino a observar desde el cielo para ver cómo nos iba. Se instaló en nuestra realidad. Se metió en el polvo, en la fragilidad, en la historia, en el dolor.
Aquí está el milagro: El infinito se hizo finito. El inmortal se hizo mortal. El Creador se hizo criatura.
Y si hoy te preguntas “¿por qué?”, la Biblia lo dice claro: no había otro camino.“Tenía que ser semejante a sus hermanos en todo” para pagar por nuestros pecados (Hebreos 2:17). Nosotros solemos minimizar el pecado porque aprendimos a convivir con él: lo justificamos, lo escondemos, lo confesamos y seguimos a veces en lo mismo… pero el pecado no es algo ligero o “light”; es algo que daña profundamente nuestra relación con Dios, porque no podemos limpiarnos a nosotros mismos nuestra culpa., no podemos comprarnos la paz y no podemos resucitarnos el alma.
Por eso Dios hizo lo impensable: se acercó tanto que se hizo uno de nosotros para salvarnos desde adentro. Hebreos dice que Jesús tomó “carne y sangre” para, mediante su muerte, destruir al que tenía el poder de la muerte y liberarnos del miedo que nos esclaviza (Hebreos 2:14–15). En otras palabras: que Jesús se haya hecho un ser humano es la puerta por donde entra la cruz. Sin Jesús haciendo un humano no hay sacrificio real. Sin “carne” no hay sangre derramada. Sin “Dios con nosotros” no hay “Dios por nosotros”.
Y esto aterriza en algo muy personal: Jesús vino a salvar a los pecadores. No vino a rescatar “buenas personas que solo necesitan un empujoncito”. Vino por gente como tú y como yo, que sabe que no pueden sostenerse delante de un Dios santo con sus propias fuerzas. “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Y en un poderoso resumen podemos decir entonces: “De tal manera amó Dios al mundo…” (Juan 3:16).
Miralo así: en Jesús tenemos el “cuerpo entero entregado” de nuestra salvación:
Jesús vivió la vida sin pecado que tú y yo no podíamos vivir.
Jesús vivió la vida de obediencia al Padre que tú y yo necesitábamos tener.
Jesús padeció la muerte que tú y yo merecíamos.
Así Jesús pago la deuda que tú no podías pagar.
Y hay un detalle que consuela y da esperanza: la humanidad de Jesús no quedó en el pasado como un evento de museo. Jesús resucitó y ascendió, sí, pero sigue siendo el Dios-hombre, y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros. No tienes un Salvador distante. Tienes un Abogado que conoce tus debilidades por experiencia y te defiende con su sangre.
Así que hoy el llamado es simple: vuelve a asombrarte. No nos acostumbremos a la gracia. No tratemos la cruz como si fuera “lo normal”. Su humanidad confronta nuestro orgullo y sana nuestra desesperanza: si Dios se hizo carne por ti, entonces tu vida no es pequeña para Él, y tu pecado no es más grande que su misericordia.
Paso práctico: Haz una pausa y responde con sinceridad: ¿En qué área me he vuelto “comodo” con la salvación—como si fuera algo automático? Luego haz una oración corta: “Jesús, gracias por venir. Despierta mi asombro y mi fe.” Y elige una acción concreta: confesar un pecado, pedir perdón, o reconciliarte con alguien.
Preguntas de reflexión:
- ¿Qué sería diferente en tu vida si no hubiera habido encarnación, si Jesús no hubiera venido a la tierra en forma humana?
- ¿Cómo puedes evitar caer en la complacencia respecto a la obra salvadora de Cristo por ti?
Oración: Padre, gracias por el misterio y el milagro de la humanidad de Jesús. Gracias porque Jesús no se quedó lejos: se hizo carne y puso su tienda entre nosotros. Su humildad confronta mi orgullo; su cercanía sana mi frialdad. Hoy vuelvo a asombrarme: ¿dónde estaría yo sin Él? Llévame de la humanidad de Jesús en la cruz, y de la cruz a la resurrección, con un corazón despierto y agradecido. En el nombre de Jesús. Amén.
Grabación en audio por David Pineda: https://youtu.be/frDR3YkOBwA

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