“Él es antes de todas las cosas, y en él todas las cosas subsisten.” Colosenses 1:17
Hoy damos un paso hacia atrás… más atrás que Belén. Más atrás que Abraham. Más atrás que Génesis. Porque si vamos a preparar el corazón para la Pascua, necesitamos recordar algo que cambia todo: Jesús no comenzó en Navidad. La historia de Jesús no comenzó en un pesebre. El pesebre es el lugar donde el Dios Eterno decidió entrar en nuestro tiempo.
Cuando pensamos en cualquier persona, siempre preguntamos: “¿De dónde viene? ¿Cuál fue su historia? ¿Qué lo formó?” Pero Jesús rompe el molde de cualquier biografía. De Él no se puede decir: “comenzó aquí”. Porque Él existía antes de todo.
Miqueas profetizó que el Mesías nacería en Belén, pero que su “origen” es “desde la antigüedad” en Miqueas 5:2. Jesús mismo lo declaró de forma que escandalizó a sus oyentes: “Antes que Abraham fuese, Yo Soy” en Juan 8:58. No dijo “yo era”, como quien habla del pasado. Dijo “Yo Soy”, como quien vive por encima del reloj. Y Juan el Bautista, nacido seis meses antes, lo resumió con asombro: “Él existía antes que yo” Juan 1:15.
Esto no es un detalle teológico reservado solo para los eruditos. Estamos hablando de que esto ese el verdadero alimento para el alma cansada y agobiada.
Porque si Jesús es “antes de todas las cosas”, entonces nuestro problema no es lo más importante, nuestro dolor no es el centro, tu ansiedad o mi ansiedad no son los dueños del guion de esta obra llamada vida. Hay Alguien “antes”, Alguien mayor, Alguien firme, Alguien eterno. Y Pablo lo dijo así: en Él “todas las cosas subsisten”. O sea, Él no solo creó el universo; lo sostiene. Jesús no lanzó el mundo a existir “a ver si aguanta”. Él lo mantiene unido, lo sustenta con su palabra, eso es lo que dice Hebreos 1:3.
Piensa en lo que eso significa hoy para ti y para mi: si sientes que tu vida se está desarmando por dentro, el Cristo que fue antes del tiempo es el Cristo que sostiene tu corazón en todo tiempo.
Pero hay algo todavía más amoroso en esta verdad. Proverbios 8 nos deja una ventana: Jesús como la sabiduría de Dios, presente en la creación como “artífice”, como “maestro de obras”, trabajando junto al Padre… y no como si no le importara, sino con alegría: “era su delicia cada día… dice que “se regocijaba… deleitándose con los hijos de los hombres” en Proverbios 8:30–31. ¿Te das cuenta? Antes de que existieras, antes de tus éxitos y tus fracasos, antes de tus buenas decisiones y tus malas decisiones… ya eras parte de su alegria y deleite.
Eso es sumamente importante para este camino hacia la cruz: Jesús no llega al Calvario a regañadientes. Jesús no muere por obligación. Jesús viene desde la eternidad con una misión nacida del amor del Padre: rescatar a sus “hijos e hijas”. Tú y yo. Cada uno de nosotros.
La cruz, entonces, no es un accidente dentro del tiempo. Es el punto en el que el Dios Eterno se entrega por aquellos que somos temporales. El que sostiene galaxias se deja clavar a un madero. El “Yo Soy” se deja llamar “crucificado”. ¿Por qué? Para abrirnos la puerta a lo que Él ha disfrutado con el Padre desde antes del principio: amor y gozo completos como dice Juan 15:9–11.
Así que cuando el mundo se siente roto y la tristeza parece tener la última palabra, hoy Jesús nos recuerda: tu historia está sostenida por una Persona eterna… y esa Persona te ama. Se llama Jesucristo.
Paso práctico: Toma 60 segundos y nombra en oración una cosa que sientes que “se te está desarmando” (tu paz, tu familia, tu salud, tus finanzas, tu ánimo). Luego ora y pidele a Jesús, que el que es antes de todo eso… y te sostiene todas las cosas. Dile: “Sosténme Señor.”
Preguntas de reflexión:
- ¿Cómo puede el conocimiento del deleite de Jesús en la tierra y en las personas que creó ayudarte a lidiar con la tristeza que experimentamos en las heridas que cargamos en este mundo?
- ¿Qué nos anticipa sobre cómo será la eternidad con él para quienes creen en él nos da la existencia de Cristo antes del principio de los tiempos?
Oración: Señor Jesús, te adoro como el Dios eterno, el “Yo Soy”, el que existía antes de todo. Gracias porque no solo creaste el mundo: lo sostienes, y también sostienes mi vida. Gracias por cruzar la barrera entre eternidad y tiempo para venir a mí. En mi tristeza y en mi fragilidad, por favor recuérdeme siempre que estoy en tus manos y que soy tu deleite. Llevame en este camino hacia la cruz y hacia la resurrección, hasta que tu gozo esté en mí y mi gozo sea completo en ti. Amén.
Grabación en audio por David Pineda: https://youtu.be/SesOJ3YkCiw

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