Hay temporadas en las que uno ama a Dios… pero se siente confundido. Uno quiere obedecer… pero no sabe por dónde. Y lo más agotador no es la decisión en sí, sino la sensación de tener que “adivinar” la voluntad de Dios, como si Él estuviera jugando a las escondidas.
Pero aquí va hay una verdad que te puede devolver la paz: la voluntad de Dios no es primero una dirección… es una relación. No comienza con un “¿qué hago?”, sino con un “¿a quién sigo?”. Y el centro de esa respuesta tiene nombre: Jesús.
Jesús dijo: “Mi comida es hacer la voluntad del que me envió” (Juan 4:34). Para Él, la voluntad del Padre no era una carga pesada; era alimento. Era vida. Y también dijo: “Yo siempre hago lo que le agrada” (Juan 8:29). Eso no es perfeccionismo; es intimidad. Es una vida alineada por amor.
Nosotros, en cambio, muchas veces queremos un “algoritmo espiritual”: si hago A, Dios me da B. Queremos control, certeza, rutas rápidas. Pero Dios no está formando calculadoras; está formando a Cristo en nosotros. Por eso Romanos 12 no empieza con “piensa mejor”, sino con “entregate”: “ofrezcan su cuerpo como sacrificio vivo… este es su culto racional” (Romanos 12:1). La voluntad de Dios no se discierne solo en ideas bonitas; se discierne con una vida rendida a los pies de Cristo.
Y aquí es donde la cruz se vuelve el lugar más seguro para decidir. Porque al pie de la cruz se ordena el corazón: se apaga el orgullo, se rinde el control, se limpian las motivaciones. La cruz no revela tus motivaciones para avergonzarte; las revela para sanarte. Ahí Dios no te dice: “Qué mal eres”. Te dice: “Ven, hijo. Ven, hija. Aquí te limpio. Aquí te formo. Aquí te devuelvo la vida por dentro, aquí eres renovado a mi imagen”
Entonces, antes de pedirle a Dios “una señal”, Él nos invita a volver al altar del día a día. Jesús lo dijo así: “tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23). Cada día. No solo cuando todo está claro. Cada día.
Y cuando tu mente se renueva, Romanos 12:2 se vuelve práctico: empieza a “comprobar” la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta. Buena: pasando en el tiempo y lugar correcto, dándonos vida, aunque no siempre sea cómoda. Agradable: nace de motivos limpios, no de ansiedad o de aplausos. Perfecta: no significa “sin errores”, sino una voluntad que te lleva a madurez, a integridad, a ser más como Cristo.
Paso práctico:
Antes de tomar una decisión o seguir dándole vueltas a tu situación, haz una pausa preguntate una sola cosa: “En esta situación que enfrento ¿Cuál es el próximo paso de obediencia que se parece más a Jesús?”
Después ora por tus motivaciones, pidele al Padre celestial que renueve tu mente. Si no te da toda la ruta del plan para tu vida, pide el próximo paso… y un corazón rendido para obedecerlo. Haz ese paso. Lo demás, Él lo irá mostrando en el camino.
David Pineda
Video en YouTube: https://youtu.be/cfuNreuRQ94

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