Hay una imagen que entiende cualquier hogar latino: la mesa. La cocina. El lugar donde se habla de verdad, donde se comparten las cargas, donde el amor se vuelve concreto. Y hoy, Jesús nos llama a esa mesa… pero primero nos lleva al lugar donde esa familia fue creada: la cruz.
En Juan 19:25–27, Jesús está en su momento más débil humanamente: clavado, sangrando, muriendo. Y aun así, Él no vive la cruz como un acto “privado” entre Él y el Padre. En ese instante, Jesús forma una familia. Le dice a su madre: “Ahí tienes a tu hijo”, y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. En la cruz, Jesús está diciendo: “Mi sangre no solo perdona pecados; mi sangre también une corazones. Mi muerte no solo rescata individuos; crea una familia.”
Esto corrige una mentira moderna: “Yo puedo seguir a Cristo solo.” Suena espiritual, pero no es bíblico. La cruz no nos compra una fe aislada; nos compra pertenencia. Jesús no murió para que tú vivas desconectado, sino para que seas parte de su cuerpo, su casa, su familia.
Por eso Hebreos 10:24–25 no suena como regaño, sino como medicina: “considerémonos… para estimularnos… no dejando de congregarnos”. El texto no se centra en obligación, sino en amor práctico: estimular, animar, despertar, sostener. Hay fuerzas del alma que se recuperan cuando estamos juntos. Hay batallas que se pierden en silencio y se ganan cuando alguien te mira a los ojos y te recuerda quién eres en Cristo.
La iglesia de Hechos 2:42–47 perseveraba en la enseñanza, la comunión, el partir el pan y las oraciones. Eso no era un “programa”; era una vida compartida. Y cuando Pablo habla del cuerpo en 1 Corintios 12, nos baja a la realidad: un miembro separado no es más libre; es más vulnerable. Satanás ama al creyente aislado, porque en la soledad es más fácil enfriarse, confundirse, rendirse o endurecerse.
Tal vez hoy tú dices: “Estoy cansado.” O “me hirieron.” O “me da pena porque no estoy bien.” O “me acostumbré a verlo online.” Jesús no te responde con culpa. Te responde con su cruz. Porque la cruz no solo muestra el amor de Dios; también muestra el camino de regreso. Y ese regreso normalmente se ve así: volver a la luz y volver a la comunión en familia.
1 Juan 1:7 lo dice con una claridad que sana: “si andamos en luz… tenemos comunión… y la sangre de Jesús… nos limpia.” Hay un orden: luz, comunión, sangre. A veces queremos “limpieza” sin luz, y “restauración” sin comunidad. Pero Dios diseñó la vida cristiana como una vida acompañada, donde la sangre de Jesús nos limpia mientras caminamos en la verdad y en la familia. Y aquí entra algo que nos cuesta: la responsabilidad personal en comunidad. No es control. No es “policía espiritual”. Es amor en los pies de la cruz. Gálatas 6:1–2 describe el discipulado como restauración con mansedumbre y como cargar las cargas del otro. Eso es la cruz en la práctica: humildad para pedir ayuda y amor para ofrecerla. El discipulado no te quita libertad; te protege del autoengaño y te regresa al camino cuando te estás apagando.
Hoy, el llamado es simple: volver a la familia de Cristo. No “asistir”, no “cumplir”, no “quedar bien”. Volver porque Jesús te amó hasta la cruz y te dio una familia. Volver a la mesa donde se ora, se aprende, se confiesa, se perdona, se abraza, se sirve y se entra en la misión de Cristo.
David Pineda

Deja un comentario