Viviendo una vida centrada en Cristo

Devocional para los que sirven en ministerios de alabanza.

Hay momentos en los que Dios abre una puerta y nos invita a avanzar. Y cuando eso pasa, la tentación es pensar primero en lo práctico: logística, ensayos, horarios, equipos, canciones. Pero Dios, en su amor, nos llama a ir más profundo. Porque la adoración que sostiene la misión no nace de la agenda; nace de una vida en luz.

La Escritura dice algo sencillo y a la vez profundo: “Dios es luz… si andamos en luz… tenemos comunión… y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:5–7). La adoración verdadera no empieza cuando se toca la primera canción; empieza cuando un discípulo decide caminar en la luz de lunes a domingo. La luz no es apariencia espiritual. La luz es verdad. Es un corazón abierto delante de Dios. Es confesión, arrepentimiento, transparencia, humildad. No es perfección, pero sí es honestidad.

Y aquí hay un llamado que nos confronta con amor: no podemos guiar a la iglesia hacia la luz en las reuniones si estamos negociando sombras durante la semana. La santidad no se fabrica. La adoración que edifica no se actúa; se vive.

Por eso Efesios 5 une la santidad con el canto. Pablo no presenta la adoración como un evento aislado, sino como fruto de una vida rendida: “Andad como hijos de luz… no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas… antes bien reprendedlas… hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales” (Efesios 5:1–20). Cuando la vida está en luz, el canto tiene peso. No solo suena bien: despierta fe, fortalece al débil, conecta el corazón de la iglesia que es la familia de Cristo con su reino celestial. 

La Biblia también nos muestra que la adoración es un acto de fe en medio de la batalla. En 2 Crónicas 20, el pueblo está amenazado y Dios les dice: “No es vuestra la guerra, sino de Dios.” ¿Y qué hacen? Ponen cantores al frente. Y “mientras ellos cantaban… Jehová puso emboscadas” y Dios les dio la victoria. En Hechos 16, Pablo y Silas golpeados y encarcelados, cantan himnos en la noche; Dios sacude la prisión, abre puertas y usa esa adoración para traer salvación a una familia. La adoración verdadera no es para impresionar; es para resistir con fe, proclamar a Jesús y abrir espacio para que Dios actúe.

Pero aquí está el punto clave: el poder no está en el micrófono. Está en la tarima del corazón.

Por eso Romanos 12 lo dice sin rodeos: “presentad vuestros cuerpos en sacrificio vivo… este es vuestro culto racional.” La adoración no es solo lo que cantamos; es lo que ofrecemos. Es la vida rendida. Es la pureza cuando nadie te ve. Es la humildad cuando te corrigen. Es la obediencia cuando no te toca “brillar”. Es el servicio cuando estás cansado. Es el perdón cuando te hirieron. Es decir: “Jesús, no solo te canto… me entrego a ti por completo.”

Y Jesús mismo nos define el centro: el Padre busca “adoradores en espíritu y en verdad” (Juan 4:23–24). “En espíritu” significa que no es teatro, no es rutina, no es pura técnica: es comunión con Dios. “En verdad” significa integridad: lo que cantamos debe parecerse a lo que vivimos.

Si lo ponemos en términos simples: Dios no está buscando un ministerio de cantantes “profesionales”; está formando un pueblo consagrado a Él. Y cuando lo consagrado se une con la excelencia, el fruto es hermoso. Pero la excelencia sin consagración se convierte en show, y el show puede emocionar por un momento, pero no transforma el alma.

También hay otra verdad que nunca podemos olvidar: lo más valioso no es la canción; es la persona. Jesús nos enseña que una oveja importa. Que un hermano importa. Que el amor y la unidad son la evidencia visible de que Él está presente (Juan 13:34–35; Juan 17:21). Si cuidamos armonías pero descuidamos corazones, estamos perdiendo el punto. Si terminamos el ensayo pero dejamos a un hermano solo, no estamos adorando como Jesús.

Entonces, hoy el llamado es claro: antes de ser cantantes, seamos discípulos. Antes de dirigir canciones, dejemos que Jesús dirija nuestra vida. Antes de subir a la tarima, caminemos en la luz. Porque cuando una persona adora así, el ministerio no solo “canta”; el ministerio cree. Y cuando el ministerio de alabanza cree, la iglesia cree, y la misión de nuestro Señor Jesús avanza con poder (Marcos 1:28; Lucas 4:37).

David Pineda

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