Viviendo una vida centrada en Cristo

Texto base: Lucas 22:42 [Aprendiendo a hacer la voluntad de Dios]

Hay Escrituras en la Biblia que suenan hermosas, pero que solo se vuelven reales cuando comenzamos a sentir la presión de la vida. Una de esas frases es la oración de Jesús en Getsemaní: “Padre… no se haga mi voluntad, sino la tuya.”  (Lucas 22:42). No es una frase religiosa. Es rendirnos por completo. Es el momento en que vemos con claridad que la voluntad de Dios no siempre se siente fácil, pero siempre es buena, agradable y perfecta.

A veces me he encontrado hablando de la voluntad de Dios como si fuera algo automático, como si Dios empujara todo y hará todo sin importar lo que yo decida. Pero Dios nos creó con libertad para decidir, se llama “libre albedrío”. Eso significa que la voluntad de Dios no se vive como si fuera la única voluntad, sino mas bien como una respuesta. No es solo “qué va a pasar”, sino “a quién voy a obedecer”. En otras palabras: la voluntad de Dios no se impone por fuera; se abraza por dentro, porque muy en el fondo del corazón sabemos que es lo mejor que nos podría pasar, aunque todavía no veamos el resultado final.

Jesús es el mejor ejemplo para aprender. Él no trató la voluntad del Padre como una teoría. La trató como alimento. Dijo: “Mi comida es hacer la voluntad del que me envió.” (Juan 4:34). Y también afirmó: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” (Juan 6:38). Jesús nos muestra que la voluntad de Dios no es un “plan” que debemos descubrir, sino un “Señor” al que debemos seguir y confiar, repitiéndonos a nosotros mismos las palabras “Confió en ti Señor, y no quedare defraudado” (Ref. Romanos 10:11). Lo increíble de seguir y confiar en Jesús es que voluntad del Padre tuvo un rostro, una voz, pasos sobre el polvo, manos que tocaron leprosos, y finalmente una cruz levantada en amor. Si queremos saber cómo luce la voluntad de Dios, debemos mira a Jesús.

Y cuando llegamos a Getsemaní, lo vemos con una sinceridad que desarma. Jesús no es indiferente al dolor. No está actuando. Siente el peso, el temor, la tristeza. Él sabe lo que viene. Y aun así, se rinde. No porque le guste sufrir, sino porque el Padre lo ama, El ama a su Padre, y nos ama a nosotros a quienes salvara con su sacrificio. Esa es la belleza del evangelio: la voluntad de Dios no fue una idea abstracta; fue un camino de obediencia que pasó por la cruz para rescatarnos.

Aquí hay algo que necesitamos escuchar: seguir la voluntad de Dios muchas veces se parece a cargar la cruz. Jesús lo dijo con claridad: “Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga.” (Lucas 9:23). La voluntad de Dios no es solo una dirección; es una formación. No es solo “dónde debo estar”, sino “quién debo llegar a ser”. Y la cruz tiene una manera de matar lo que nos destruye: el orgullo, el control, la autosuficiencia, la necesidad de tener la última palabra. La cruz no es castigo para el discípulo; es el lugar donde el “yo mando” muere, y donde “Jesús es Señor” se vuelve real y verdadero. Eso también nos confronta con una trampa muy común: podemos estar ocupados haciendo “cosas para Dios” y aun así estar lejos de la voluntad de Dios. Porque la voluntad de Dios no comienza con el activismo; comienza con la comunión. Hay personas que sirven mucho, pero oran poco; que trabajan mucho, pero escuchan poco; que hacen planes, pero no se rinden. Jesús, en cambio, vivía desde la intimidad con el Padre. Su obediencia nació de su relación. La voluntad de Dios se vuelve pesada cuando intentamos cargarla sin estar con Dios.

Piensa en Pedro, cuando Jesús le pide lanzar las redes de nuevo. Pedro responde con una frase sencilla que revela un corazón rendido: “Ya que tú lo mandas, voy a echar las redes.” (Lucas 5:5). Esa frase es el idioma de la voluntad de Dios. No es: “Señor, lo haré si me conviene.” No es: “Lo haré si me hace sentir seguro.” Es: “Lo haré porque tú lo dices.” La obediencia no es perfección. Es rendición, es confianza, es fe. Y esa rendición es el terreno donde Dios obra con poder.

Tal vez hoy tú estás tratando de discernir la voluntad de Dios como si fuera un mapa secreto. Pero Dios muchas veces nos guía de un modo más simple y profundo: transformando nuestra mente y nuestro corazón para que amemos lo que Él ama. La Escritura dice que su voluntad es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). A veces no es agradable, pero siempre es agradable al Padre y buena para nuestra transformación. En la práctica, la voluntad de Dios suele hacerse evidente cuando una decisión nos acerca a Cristo, produce fruto, fortalece el amor, y nos lleva a obedecer, aunque cueste.

Y aquí está el punto final: la voluntad de Dios no es solo para “conocerla”, es para vivirla. Jesús dijo que no basta llamarlo “Señor” con los labios; lo que cuenta es hacer la voluntad del Padre. Esta no es una invitación a la culpa, sino a la libertad. Porque la verdadera libertad no es hacer lo que yo quiero; es tener un corazón tan lleno de Jesús que yo quiero lo que Dios quiere.

Hoy, tal vez tu Getsemaní no es una cruz literal, pero sí es un lugar donde tu voluntad está luchando. Puede ser tu orgullo. Puede ser una relación. Puede ser una decisión difícil. Puede ser tu calendario. Puede ser un hábito escondido. Allí, donde más se te dificulta rendirte, es donde el Espíritu quiere formar a Cristo en ti. El Padre no te pide rendición para quitarte la vida; te la pide para salvarte del falso “yo” que nunca puede sostenernos.

David Pineda

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