Viviendo una vida centrada en Cristo

(Devocional basado en Colosenses 1:28–29)

Hay una promesa de Jesús que sostiene toda esperanza real de transformación: “Yo edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). No es una frase inspiradora para colgar en una pared; es la declaración de Aquel que tiene autoridad para crear vida donde antes había ruinas. Y si Jesús edifica, entonces lo que Él edifica se parece a Él. Por eso, una persona verdaderamente saludable no es la que simplemente “se porta bien”, ni la que logra organizar mejor su agenda espiritual, sino la que aprende a vivir toda su vida enfocada en ser como Jesús.

Pablo, al escribir a los colosenses, nos abre una ventana a su filosofía ministerial y a su meta de liderazgo. Dice: “A este Cristo proclamamos… para presentar perfecta en Cristo Jesús a toda la humanidad. Con este fin, trabajo y lucho con todas mis fuerzas y con el poder que actúa en mí” (Colosenses 1:28–29). Aquí está el centro, la tarea, la meta y la energía. Y todo comienza con una frase que nos corrige el corazón: “A este Cristo proclamamos”. No nos proclamamos a nosotros mismos. No proclamamos nuestras preferencias, nuestros programas, nuestra estructura, ni nuestras opiniones. Cuando una comunidad cristiana, y cuando una persona, pierde esto, inevitablemente termina guiando a otros hacia la “religión”, hacia la cultura, hacia el control, o hacia una versión bonita del ego. Pero cuando Cristo vuelve al centro, el discipulado se vuelve lo que siempre debió ser: un camino hacia una Persona.

Ese camino incluye dos acciones que a veces suenan incómodas: amonestar y enseñar. Amonestar no es humillar, ni dominar, ni descargar frustración espiritual sobre alguien. Amonestar es amar lo suficiente como para advertir del error y llamar al arrepentimiento con amor y verdad. Enseñar no es ganar un debate, ni imponer una conclusión; es aclarar el evangelio y mostrar cómo se vive como seguidor de Jesús. Ambas acciones son parte de hacer discípulos de Cristo y siendo honestos, muchos cargamos heridas por discipulados mal hechos. Algunos fuimos víctimas de dureza o falta de sabiduría. Otros, sin querer, también repetimos los patrones dañinos, así como a veces inconscientemente repetimos los comportamientos en la crianza que nuestros padres nos dan o nosotros mismos hemos dado en el hogar. Pero el mal uso no invalida el regalo. Lo que necesitamos no es abandonar el discipulado, sino redimirlo, cambiarlo, mejorarlo: aprender a hacerlo bien, al estilo de Cristo.

Y Pablo agrega una palabra clave: “en toda sabiduría”. El discipulado saludable no se improvisa. Requiere discernimiento, paciencia, y una reverencia real por la conciencia del otro. Requiere la humildad de caminar “al lado”, no “por encima”. La Escritura lo dice con una claridad liberadora: “No somos los dueños de su fe; lo que queremos es colaborar con ustedes para que tengan alegría” (2 Corintios 1:24). Eso cambia el tono de todo. El discipulado deja de ser un sistema de control y se convierte en una amistad santa: dos personas caminando hacia Cristo, escuchándose, confesando, aprendiendo, animándose, confrontándose con amor cuando es necesario, y celebrando la gracia cuando el arrepentimiento florece.

¿Y cuál es la meta? Presentar a cada persona madura en Cristo. La madurez no suele aparecer por accidente. Normalmente crece en el suelo de relaciones intencionales, donde alguien te hace preguntas simples pero profundas: “¿Cómo estás espiritualmente? ¿Qué te está enseñando Dios? ¿En qué puedo orar por ti esta semana?” A veces, ese “acompañamiento” no necesita un método complicado; necesita que estemos presentes, una Biblia abierta, y un corazón dispuesto. Porque una persona que descuida el discipulado tiende a quedarse inmadura y menos fructífera de lo que Cristo desea. Al mismo tiempo, cada discípulo carga una responsabilidad personal delante de Dios: “Hagan efectiva su propia salvación… pues Dios… hace nacer en ustedes los buenos deseos y los ayuda a llevarlos a cabo” (Filipenses 2:12–13). No es pasividad; es dependencia activa. No es autosuficiencia; es cooperación con la gracia, cada uno siendo responsable de ese crecimiento y de nuestra propia salvación.

Finalmente, Pablo reconoce algo que nos da esperanza cuando el discipulado se siente pesado: “Trabajo y lucho… con el poder que actúa en mí”. Discipular cansa. Formar a alguien, amar con paciencia, volver a empezar, corregir con humildad, sacar lágrimas ajenas… todo eso es trabajo duro. Pero no es trabajo “de nuestra fuerza”. Cristo no solo nos da una misión; nos da energía. El mismo Jesús que te alcanzó cuando estabas lejos, hoy vive en ti para sostenerte mientras ayudas a otros a crecer. Por eso, no te rindas. “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos” (Gálatas 6:9).

Hoy, te invito a que volvamos al centro: Jesús. Volvamos a la meta: madurez en Cristo. Volvamos a la forma: amonestar y enseñar con sabiduría, como colaboradores y amigos. Y volvamos a la fuente: la energía de Cristo obrando poderosamente dentro de ti. Personas saludables requieren un discipulado saludable… porque Cristo merece ser formado en cada uno de nosotros.

David Pineda

Devocional Inspirado en una clase realizada por Jeff Chacon, anciano de la iglesia Anchor Point en Tampa, Florida.

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